Aunque el título suene extraño, no pretendo para nada ofender a mi Facultad. Los sanmarquinos de toda la vida recordarán que en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas se encontraba enquistada la Facultad de Educación. No sé cuanto tiempo han permanecido ahí, pero lo importante es que ya se fueron.
Permítanme aclarar un poco el asunto: Cuando yo era estudiante universitario de Comunicación Social (una de las Escuelas de la Facultad de Letras) allá por el inicio de los ‘90, la Facultad de Educación ocupaba todo el segundo piso de la Facultad de Letras. No había ningún inconveniente, dado que la Facultad de Educación no tenía local propio. No recuerdo desde cuando la facultad ha estado así. A fines de los ‘80, en el tercer piso funcionaba también la Escuela de Psicología, que luego de algunos años se convirtió en Facultad y fue migrando de a poquitos (no sé si todavía continúa ahí, ocupando la mitad del tercer piso).
El grave problema surge cuando la Facultad de Educación, conocida siempre por los disturbios que ocasiona (toma de local, marchas internas y demás actividades que ellos consideran justas formas de protesta), perjudica el normal desarrollo de las clases de los alumnos de letras. Probablemente aquí muchos alumnos de educación empezarán a decir que las causas son justas, que no conoces nuestros problemas, que soy amarillo, que si no sé para qué me meto; pero el punto al que voy es que la Facultad de Educación estaba, por lo menos a nivel estudiantes, manejada (por lo menos en mis tiempos, no sé ahora) por grupúsculos manipuladores que pretendían sacar ventaja política de cualquier cosa y convencían a sus allegados y a muchos incautos de protestar de la forma más radical posible.
Y con el tiempo, la facultad de Educación consiguió un local propio. Grande, hermoso, como lo quisieran muchas facultades. Con un pequeño detalle: quedaba muy lejos de la parte más poblada de la Universidad, donde quedan las Facultades de Letras, Economía, Sociales y Derecho. Entonces es que nadie en la Facultad de Educación quiso irse. No importaba cómo, ni por las buenas ni por las malas. Les gustaba estar enquistados ahí, viviendo en el segundo piso de la Facultad de Letras.
Ni por orden del decano de Letras, ni por invitación del rector, ni por que su mamá lo pedía querían irse. Ese era su espacio, mantenido gracias a una actitud bastante prepotente. Sólo mencionar el tema suponía la posibilidad de algún encontronazo del Centro Federado. Siempre radical, siempre altivo, siempre metiendo violencia.
El 15 de agosto, el día del terremoto que dejó más de 500 víctimas y desnudó la incapacidad total del gobierno para asumir el liderazgo en una situación como ésta, también afectó a la Facultad de Letras. La estructura del edificio sufrió serios daños. El área administrativa, incluyendo caja y la biblioteca, sufrieron serios daños. No he podido volver por ahí desde hace meses, pero me dicen que el nuevo ambiente de lectura se ha separado del resto de la facultad. Grietas por todos lados anuncian claramente un peligro para cualquiera que recorra ese camino. Como era obvio, el tercer piso también sufrió serios daños, como lo demuestra el hecho de que tengan que demoler para reconstruirlo.


Pero el peligro no importa. Por lo menos no para algunas personas de la Facultad de Educación, incluyendo al decano. Una rajadura más no importa, yo soy feliz enquistado aquí. Aquí no va a pasar nada, yo soy feliz enquistado aquí. Además yo no quiero irme, soy feliz enquistado aquí. En el tercer piso pueden hacer lo que quieran, pero yo no me voy, soy feliz enquistado aquí.
Y este grupúsculo que pretendía seguir enquistado aquí, en la Facultad de Letras, se llevó una gran sorpresa. Un grupo de alumnos – muy astutos y muy inteligentes – de la Facultad de Letras, una madrugad, hace algunos días, sin informar ni nada parecido, dijo “estamos hartos de este quiste en el segundo piso”, y tomaron el local. Tomaron toda la facultad. Se acantonaron una noche, cerraron con candado todas las puertas de acceso, taparon con carpetas las entradas y no permitieron que nadie entre. (a Educación debe sonarle conocida esa táctica).
Todo el panorama cambió: los enquistados ahora no tenían un segundo piso en la facultad del cual agarrarse para poder gritar a voz en cuello sus demandas. Me contaron que intentaron de todo para entrar. Que incluso fueron tan estúpidos como para decir “salgan, ábrannos la puerta y conversemos como caballeros”. Pero los alumnos de letras, hartos y decididos, no hicieron caso. Después fue que quisieron entrar a la fuerza, con martillos y alguna otra herramienta para forzar las puertas, pero los alumnos de letras, heroicos y muy conscientes de lo que habían hecho, no los dejaron entrar. Los botaron. Los botaron como se lo merecían: a la mala. Sé que a algunos estudiantes de letras les rompieron los dedos con martillos o algo así. Pero no entraron. Eso es lo importante.
Letras, la querida Facultad de Letras, por fin está libre de ese quiste que fue por tantos años la Facultad de Educación.