Salón de Fumadores

Fumar mata, pero…

Archivo de 15/09/08

El Estadio Futbol Club da pena

Publicado por Tabacómano compulsivo en Septiembre 15, 2008

Sábado en la noche. La hora acordada: 10:00 p.m. Lugar: El “Estadio Fútbol Club“, en plena Plaza San Martín remozada. Todo amenazaba con ser perfecto, como debe ser una buena reunión de amigos para celebrar un cumpleaños. Entramos al Estadio Fútbol Club recibidos por un mozo que nos da la bienvenida ni bien dimos dos pasos dentro del local – como lo recordaba – invitándonos a pasar al sótano, donde está la pista de baile.

Bajamos con muy buen ánimo, con ganas de pasarla bien hasta que el local cierre. Parte del grupo ya estaba en una mesa con su trago en la mano (no cobran entrada pero hay que pagar un consumo de 16 soles como derecho de cover. Nos sentamos al ritmo de “Fiebre de Sábado por la Noche”, recordando a Jhon Travolta.

Lo primero que pasó fue que alguien pidió un tequila ¡¡¡y lo que traen son tequeños!!!! Para colmo, por no reconocer su error, el mozo (o la mesera, ya ni acordarse) quería cobrarlo. Bué, un detalle que no puede arruinar la noche. Tal y como recordaba, antes de 5 minutos ya estaba la mesera esperando a que pidamos el trago correspondiente: chops para los recién llegados.

A la hora, el grupo creció tanto que nos mudamos a la mesa más larga. Listo, ahora sí, a tonear hasta que cierren… ¡Qué ingenuos! Pensando en bailar (hay que hacerlo, que no duele mucho la espalda en la mañana) esperábamos la música que nos ponga de pié, pero el discjockey debió haberse quedado en la época de los casetes en los quinceañeros: las canciones terminaban con ese típico sonido del bombo que anuncia que viene la siguiente canción. Varias parejas esperando en la pista la canción que sigue. Esperando…

Esperando…

Esperando…

De repente, silencio.

Luego del sonsonete anunciativo del bombo, el silencio. La gente sale de la pista de baile y se sienta, confiando en que la siguiente, de verdad, será música continua. Un silencio laaaaaaargo después empieza la siguiente canción, tan fuera de contexto, tan fuera de lugar, tan “WTF” que la pista de baile permanece vacía. Una canción. Dos. El discjockey no le atina a nada (alguno podría decir que son mis antojos o los de mi grupo; pero no, en todas las mesas había gente esperando algo decente para bailar). Dos, tres canciones después, acertaba y la pista empezaba a llenarse. Y la siguiente canción (luego de una pausa entre casete y casete, bien ochentera) volvía a poner algo fuera de contexto, y vuelta la pista vacía por dos o tres canciones, hasta que una canción demasiado conocida como para no bailar apareciese, casi siempre una cumbia, ideal para tonear un buen rato. Pero era imposible: de “¡¡¡que levante las manooooos, quien no lloró un adioooooos!!!!!!” (¿así va?) pasaba a “Boysssssssss dooooooont cryyyyyyyy” de The Cure, y luego quería poner otra canción tan fuera de onda que la gente se miraba, se iba y vuelta a la rutina. No hubo cómo. El tipo no entendía o estaba en el chat. O no le cargaba rápido el youtube.

Resignados a no bailar como se debe, nos sentamos confiando en una buena conversación. Y unas cervezas para refrescarse. ¿Llamar al mozo? ¡¡¡Por favor, no los interrumpas, que son humanos y tienen derecho a sus momentos de intimidad!!! Además, las primeras veces que lo llamamos no hacían caso. Estaban en la escalera, jugando con sus celulares, mandando mensajitos o algo. Parecía que había entre ellos una parejita. Y muy felices, muy divertidos. Qué importa que no nos hagan caso, total, nosotros podemos esperar. Llamarlos de nuevo, levantar la mano, ver que siguen riéndose y aumentar nuestro mal humor. Bueno, démosle un par de minutos, de repente alguno voltea. Nada, esta vez ya desespera, Glendy se pone de pié y empezamos a silbarles mismo jalador de combi. Ah, volteó una, hay que llamarla. Nos mira, voltea a conversar (de repente a despedirse porque va tan lejos a hacer su trabajo). Un par de minutos después llega. ¿Puede traernos la carta? Cinco minutos después la vemos conversando. De repente están decidiendo a ritmo de Bárbol cómo atendernos.

Unos cinco minutos después empezamos a hacerle señas a otro mozo, que estaba un tanto distraído de la conversación, casi casi pensando en los clientes. Desde la mesa le pedimos, entre todos y con señas, que traiga la carta. Entonces la mesera, muy celosa de hacer bien su trabajo, nos trae la carta. Diez minutos después, seguimos con la carta en la mano, esperando que algún mozo venga. Difícil, hay una pareja en el grupo de mozos, parece que tienen poco tiempo, entonces todos los apoyan, les conversan. Alguno sigue con los mensajes de texto. Gritando y silbando, como debe ser cualquier cantina de barrios altos, nos hacemos entender. Viene la mesera, con muy mala cara (claro, si la interrumpimos de lo más importante sólo para atendernos, vergüenza debiera darnos), pedimos un par de piñas coladas y un par de jarras de cerveza. Por suerte no demoró mucho, parece que el barman no era parte del grupo (lástima por él, porque ese grupo era muy ameno y no perdía mucho tiempo en atendernos, se hubiera divertido bastante). Pero la mesera nos trae la orden con cara de “iban a contar cómo se le declaró a mi mejor amiga y no lo escuché, son unos idiotas”. Bueno no te molestes, has estado mejor que el discjockey (no es cumplido, créeme).

Tres de la mañana. Salimos y Orlando se lo dice: “la atención ha sido casi mejor que la música”. Los mozos sonríen extrañados, pensando en que ahora sí van a poder conversar tranquilos, que ya se fueron los impertinentes de los clientes, esos que pagan precio por una buena atención que no recibieron.

Decepcionante hasta más no poder. Todos salimos renegando. Yo, disculpándome con Anita, porque le había dicho que el lugar era bueno. Por suerte, con tanto mal servicio, entiende que un lugar no podría existir mucho tiempo. Entiende que lo que yo había conocido meses antes y me pareció muy bueno, ya no es. Que la atención es una porquería que ni en cantina te la dan (en las cantinas atiende el dueño y te trata bien, porque de eso vive).

Entendemos todos, que salimos frustrados en lugar divertidos, molestos en lugar de alegres, que ese lugar ya no es lo que fue, que si alguien quiere divertirse, debería ir a cualquier otro lugar en lugar del Estadio Fútbol Club, que ya no es lo que era.

Ah, sus tequeños son ricos, eso sí.

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