Salón de Fumadores

Fumar mata, pero…

Como y cuando empecé a fumar…

Publicado por Tabacómano compulsivo en Mayo 20, 2009

Con todo esto de dejar de fumar, empecé a recorrer todos los momentos que he vivido, que han sido importantes cuando menos para mí, y que han estado acompañados por el cigarro: todos los momentos de los que tengo recuerdo, tiene humo alrededor. El humo gris, opaco, molesto para otros, del cigarro.

Mis momentos como fumador son infinitos, pero siempre tengo presentes algunos muy claros: cuando tenía 7 años compré dos cigarros, a escondidas, a la vuelta de mi casa. Cuando me vio la empleada (en esa época en la que se podía pagar una, antes del primer gobierno de Alan García) me dio una tanda – como dicen las viejas – luego le contó a mi mamá, que me dio otra, luego mi papá; una tía que vivía muy cerca, y mi tío. En ese momento pensé que tenía una familia demasiado numerosa, pero no pude volver a fumar en muchos años, y tampoco sentarme durante dos días. El pretexto en ese infantil momento era que “quería saber que es lo que siente mi mamá cuando fuma…”

Otro momento extraño fue cuando mi hermano me mando a comprar cigarros: Martín, un amigo “de su edad” en ese entonces, llegó a casa y mi hermano aprovechó para mandarme a comprar dos cigarros. “Premier” fumaba. Fui corriendo a la tienda, con la promesa de que iba a compartirlos conmigo. Era verano, y lo recuerdo porque cuando regresaba a casa con los dos cigarros (no había esa prohibición de venderle cigarro a los menores) dos niñas me quisieron mojar, y solo consiguieron mojar los cigarros. Cuando llegué, mi hermano los puso a secar, y yo, frustrado porque no había podido llevar a cabo mi “misión ultrasecreta”, no pude pedir una pitada. Cuando mi hermano se acabó los dos cigarros, me dijo: “me hubieras pedido”. Más tonto no pude sentirme. Más tonto me siento recordando ese momento. Tenía menos de 16 años.

Otro momento importante fue el matrimonio de los padres de mi viejo amigo Santiago. Se casaron por religioso a inicios de los 90 (o algo por ahí). En plena fiesta, se acerca don Hugo, el padre de Santiago, y me da dos cajetillas de Marlboro rojo: “reparte a todos” me dice. Yo reparto a los que vieron la entrega y me guardo una cajetilla. “Marlboro rojo, qué lujo”, pensaba. la noche fue perfecta para alguien que fumaba como yo y no tenía plata. Salí al amanecer con casi diez cajetillas de Marlboro. Algunas para mi mamá, otras para mi hermano, y yo una resuelta sin tener que comprar cigarros.

Recordando que fueron míos varios marlboro rojo (todos gratis), recuerdo que caminaba hasta Monterrey (lo que ahora es el Metro de sucre, en Pueblo Libre) y en los ambulantes de la puerta compraba mi cajetilla de Gold Coast, identica en forma y tamaño a la cajetilla marlboro. Esperaba a estar en algún discreto lugar, y cambiaba todos los asquerosos Gold Coast a la cajetilla vacía de Marlboro. Para que todos creyeran que fumaba Marlboro. Esto funcionaba cuando iba a fiestas con luces. Todo el mundo miraba la cajetilla “Marlboro” pero nadie tenái ojo para leer la marca del cigarrillo. Gold Coast. Éxito total. Aparentaba mucho, sobre todo frente a las amigas.

Mi vida está llena de momentos así, que después iré recordando. Ahora me queda en la cabeza que el momento en que empecé a fumar es una suma larga de rutinas diarias, amigos que fumaban, y largas caminatas saliendo del colegio, cuando con “gato”, Heredia, Santiago, Bruno, salíamos a soportar el frío de ese invierno de quinto de secundaria, y no había nada más que hacer que caminar, y gastarnos un sencillo (en mi caso el pasaje de regreso a casa, que por suerte eran sólo 15 cuadras) en comprar cigarros “para el frío”. Frío que hoy no alcanza a pretexto, frío que debí combatir con más ropa, con algo de ejercicios, con una emoliente. Nunca con cigarros.

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