¿Ya pa que más? Habría que hacer un blog donde se vayan alojando todos los capítulos de la imbecilidad peruana manifiesta en los más grandes y grotescos y alharacosos anuncios de las autoridades peruanas. Lo divertido serían los tags: siempre imbecilidad, siempre autoridades, de nuevo imbecilidad, luego le añadimos otros adjetivos, luego autoridades de nuevo; y lo único que cambiaría sería el área en que se desarrollan los capítulosa de la imbecilidad: deportes, comida, política, justicia, educación, etc, etc, etc.
Decenas de post mensuales anunciando las siempre vigorosas y de aspecto inocente casi virginal iniciativa. “Quiero postular a otro cargo, pero si pierdo regreso al puesto que tengo 4 meses después a seguir cobrando”; “Esa camioneta no es mía, pero la vendí a un tipo involucrado con el narcotráfico”; “Elijamos al candidato menos corrupto”. “Vamos por la tercera reelección”;”Prevenir la crisis mundial es mandar a construir sin consideración alguna”; “Salieron los petroaudios:acusemos a los chuponeadores y no a los otros delincuentes”, “Para invertir en el Perú hay que hablar con el presidente, porque necesita un porcentaje de gloria, de pantalla, de satisfacer esa enfermiza necesidad de reconocimiento más grande que su barriga”.
Aunque sea, si fuéramos discretos. Pero no, son tan pocas las cosas importantes de las que nos enteramos, que cualquier suceso termina siempre en el ridículo generalizado y en la patética autoridad incapaz de rectificarse: “ella es campeona del mundo en boxeo, pero como no me invitó a su cumpleaños, no la dejaré ser peruana. Que se vaya con su campeonato a cualquier otro país, aquí no la dejo entrar”. Claro, es que aquí tenemos muchos.
Hay que ser peruano para soportar esto. No sé si en otros lugares la imbecilidad sea tan notoria, tan obvia, tan de las autoridades mediatizadas, pero de que hay que haber nacido acá para soportar esta estupidez rimbombante, hay que ser peruano. Y lo digo con el placer del que recupera la capacidad de asombro, del que encuentra interesante cada cosa que hace, del que espera encontrar algo nuevo – más allá y muy por encima de la imbecilidad visible – en cada cosa que pasa.
He retomado el asombro por la gente que pierde todo en un incendio porque “a él no le va a pasar” y conecta 34 aparatos a un tomacorriente que viene de una instalación clandestina, que a su vez es una instalación casera de donde roban luz casi todos los vendedores del mercado, o los vecinos del barrio, o cualquiera sea el caso. He recobrado el asombro por las autoridades de ternos impecables y cloacas en la cabeza, que están seguras de que la plata es lo importante, y se corrompen y corrompen, y humillan.
Retomo ese particular cariño por la imagen del presidente más corrupto, mediocre, hablador, y conchudo del que tengo memoria, y del que a su alrededor se tejen las telarañas más extrañas y turbias que recuerdo desde su anterior gobierno.
He recuperado la capacidad de asombro con toda la intención de no perderla de nuevo, porque eso es lo que esperan esos pocos: que los demás se cansen, nos cansemos, para seguir en el juego de siempre. Hoy es uno de esos días en los que la cólera y la frustración empujan a buscar mejores cosas. Ojalá esatos días sean más largos y más continuos.
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